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sábado, 25 de agosto de 2018

CASTILLÉJAR


Aquest estiu hem tornat per poc temps a Castilléjar. He volgut recordar la descripció del mateix que vaig fer ara fa uns anys.


     Torrente de blancas casas y encaladas cuevas apiñadas a lo largo de los laderos que descienden desde las eras altas hasta el río. Se descuelgan como cascadas en interminable progresión de viviendas que se mantienen apegadas en continua reata yendo a parar a la plaza de la iglesia, corazón del entramado.
     Desde el mirador tenemos acceso a una impresionante vista. Observamos a poniente las sierras de Castril y Jabalcón, sucesión de picos que coronan de forma plástica los límites del paisaje. Agujereado el cortado bajo sus pies por una ristra de cuevas, la Morería vigila con múltiples ojos la vega repleta de encadenadas alamedas.     
     Como un malabarista en el circo, resulta difícil encontrar una calle recta y equilibrada. Las pendientes y las curvas hacen del pueblo una misteriosa atracción. La lluvia encuentra en la inclinación un motivo adecuado para desembocar en ruidoso río gracias a las improvisadas cañadas. En la nieve descubren los niños interesantes pendientes por las que deslizarse en sencillos trineos caseros.
    Antaño habitada, asediada y ocupada por habitantes en múltiples tareas hoy solo vivieron en el pueblo. Como vasos comunicantes observamos que mientras se vacía la villa el cementerio no deja de ampliar sus plazas.
     Tierra de espejuelos, el yeso, con su reflejo proyecta una imagen en la cual puede mirarse y relucir el pueblo. Los caminos circundan la población, atravesando campos y ríos, conformando un acogedor paseo donde el rugido de los torrentes se convierte en murmullo para no molestar la tranquila conversación que mantienen los atareados paseantes. Otros, más atrevidos, se dedican a la búsqueda de patatas crillas o de cagarrias buscando el oculto tesoro en los márgenes de las acequias y en las húmedas alamedas.
      Volvemos al pueblo donde columnas de humo asoman por las chimeneas que surgen a lo largo del camino haciendo patente la demostración de la existencia de unas vidas trabajadas desde el interior de la tierra.
     Castilléjar, generosa en tierras, rica en aguas, escasa de gentes, permanece aguantando los embates del tiempo mientras mira con inquietud el futuro ante las dificultades que se avecinan. Entretanto, un cielo maravilloso dibuja cuadros de múltiples colores a la hora en que el sol decide poner fin a su recorrido diario.

sábado, 2 de abril de 2011

En la puerta de la cueva


            Abierto a un vasto espacio desde donde se divisa la era en primer lugar y, detrás de la misma, una dilatada vista de las Evangelistas que nos lleva hasta su parte más elevada, se halla el patio de la cueva.
            Observas una magnífica panorámica donde la vega rodea las laderas del barrio colmadas de blancas cuevas encastadas en una  tierra blanca fruto de su composición caliza. La mirada te permite recorrer, en pausada observación, un interesante paisaje que abarca desde la Morería hasta la Cruz  Misionera.
Esta magnífica vista se completa con el maravilloso espectáculo diario que consiste en la visión de espectaculares puestas de sol. Los elementos de la naturaleza organizan una colorista y grandiosa exhibición que parecen creadas especialmente para ti. Eres consciente del lujo que representa la observación de estos fenómenos. Esta sorprendente manifestación, aunque realizada de manera cotidiana, no deja de asombrar por la variedad de las tonalidades con que  viste la bóveda celeste.
En la mañana, mientras la sombra de la umbría cubre la placeta de la cueva, se percibe el olor a tierra mojada, después de que la iaia hubiera regado con el caldero el espacio que ocupa.
La tierra queda asentada dando una tregua momentánea a la continua lucha que mantienen el polvo y el terregal por mostrar su verdadero rostro en este árido suelo  intentando esquivar los intentos de dominio del hombre en el afán de conseguir un terreno más domesticado.
En la agradable temperatura de la mañana, Albert se dedica a realizar imaginativos juegos con los materiales de que dispone. Unos cubos, una cuerda y la inevitable tierra, presente de forma imperiosa, forman los elementos imprescindibles para poder desarrollar la creatividad en unos cauces marcados por las características del terreno.
Las puertas, de gruesas maderas, atacadas por la dureza del clima, emiten un quejumbroso chirrido ante algún elemento imprevisto que intenta hacer su aparición en semejante escenario. Un movimiento delator indica la presencia del intruso tras la cortina. La aparición de una pequeña mano que la retira da paso a María quien, gateando, decide participar en el juego que tiene lugar a la puerta de la cueva.
Sonrisas y gritos de satisfacción dan cuenta del ambiente que se respira en esta mañana de agosto. Los niños aprovechan el tiempo que les queda para jugar antes de que la temperatura suba y el sol reclame, con insistencia y sin contemplaciones, el dominio del territorio durante algunas horas.
Llega el tiempo de la calor, inflexible y duro. Aquel en el cual se hace inviable realizar el más mínimo paseo si no es protegido por una sombrilla. Los niños, conscientes del vuelco de la situación, deciden cambiar de escenario. El frescor de la cueva les atrae como un imán provocando la expectativa de nuevas aventuras y experiencias, más atractivas para ellos en esos momentos.