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sábado, 21 de mayo de 2011

Jugando con la tierra


           Mantenías la concentración en la actividad que realizabas. Nada de lo que acontecía en el entorno entorpecía el proceso rítmico con el que amontonabas la blanca tierra para desarrollar imaginativos juegos. Indiferente al paso del tiempo, las horas de calor extremo ya habían sucedido dejando paso a la templanza del largo atardecer.
            Tus brazos y rodillas adquirían un color grisáceo, fruto del continuo roce con el material que cubría el pavimento. A tu lado, unos bloques de material esperaban el momento en que podían ser utilizados en alguna obra de restauración.
            El sol de la tarde se observaba en la atacada y desgastada  puerta que tenías a tus espaldas y que daba paso al corral. Un lugar donde todavía se podían apreciar elementos cuya gran antigüedad era inversamente proporcional a su provecho. Los troncos se amontonaban en su interior pues la utilidad calorífica a que eran destinados había quedado relegada dado que nuestros viajes a Castilléjar se realizaban exclusivamente en verano. Un tenao producía un agradable sombraje en una buena parte del corral en el cual desembocaban algunas estancias como eran la marranera o la cuadra. Todo ello no dejaba de ser la manifestación de un mundo que había dejado de existir y que solo permanecía en el recuerdo de los mayores.
            Sin embargo, la suave cadencia con que destilaba el tiempo en el apacible pueblo se había apoderado de ti tanto  como nos había atrapado a nosotros. Los problemas, los trabajos y, sobre todo, las prisas, habían quedado relegadas a un segundo término y, solo un vago recuerdo, nos hacía ser conscientes de que todo ello llegaría con la misma inexorable certeza con la que habíamos emprendido el tiempo festivo.
            La amplitud de la cueva, con sus múltiples estancias no eran sino un magnífico escenario para desarrollar tu creatividad e imaginar maravillosas historias. De los espacios donde nosotros solo veíamos necesidades de restauración tú encontrabas una utilidad o un emplazamiento ideal para tus juegos.
            El desfile continuo de personas, que hacían parada en la placeta de la cueva y la ocupaban de forma pacífica, producía en ti una curiosidad digna de estudio. Absorbías los comentarios y las historias que se explicaban como si de unos maravillosos cuentos se tratara dejándolos registrados en los recovecos de la memoria, dispuestos a ser utilizados en posteriores ocasiones.
            Poco a poco, la tarde llegaba a su final dejando el sol encarrilado en un incesante e invisible viaje. Con su desaparición, el cielo se iba cubriendo de infinitas estrellas comandadas por una luna dominante. El día había pasado sin sobresaltos, sin noticias espectaculares y, prácticamente, sin querer. Y sin embargo, en esta tranquila languidez en que se había procesado el día radicaba el mayor éxito del mismo. 

jueves, 14 de abril de 2011

Maria


           Te relajas unos momentos y estiras los brazos. Tras unos segundos, te preparas, sentada frente al piano. La concentración se hace patente en tus gestos. Observas la partitura y comienzas a deslizar los dedos por el piano. La música comienza a dejarse oír. Primero de forma casi tímida pero, poco a poco, adquiere un gran protagonismo y las notas se hacen dueñas del ambiente. Casi, como sin querer, te has apoderado del entorno y todas las miradas convergen hacia ti. En cada línea, en cada acorde muestras el dominio de un aprendizaje que no por tener unos grandes resultados ha sido fácil de conseguir.
            La melodía del sonido envuelve y mece los sentimientos de orgullo que nos recorre y me devuelven a una época anterior, donde las inseguridades eran dominantes en tu carácter provocando una enconada lucha para conseguir que asumieras como posibles algunos de los logros que ibas consiguiendo.
            El ritmo alegre de la tonada me transporta a momentos en los cuales no parecías conocer la tristeza, cantando con musicalidad infantil la canción de los reyes magos. Entonces el mundo era sencillo, carecía de matices y todo en él era felicidad. En resumen: Estabas acompañada de los tuyos
            La canción se torna triste. Pronto tuviste que aprender que la situación que tú tenías era distinta de la de tus compañeros de colegio. Tú tenías un hermano diferente y ello hacía que las relaciones con él tuvieran matices que no te habían enseñado ni habías podido ver en programas televisivos. Una vez comenzaste a aceptar la situación tuviste que poner voz a un semejante que no la tenía y dedicaste todos tus sentidos a dar protección a alguien que vino a un mundo sin escudo ni armadura.
            Una alegre cadencia musical se deja oír. Tuviste que madurar de golpe, como maduran los almendros ante unas cálidas temperaturas de febrero, ignorantes de que pueden llegar las heladas de abril y dar al traste con todo el esfuerzo prematuro realizado. Sin embargo supiste disfrutar de las personas que te rodeaban valorando y absorbiendo hasta el fondo de tu alma  todos aquellos momentos que estuviste acompañada. Eras capaz de apreciar la compañía de las personas mayores de la familia, tus abuelos, el tío Antonio, el tío Lino…Escuchabas sus historias sin perder ni un ápice los comentarios que decían. Eras consciente de que ello tenía un valor incalculable y los archivabas en la memoria con gran devoción.
            La tonalidad se torna melancólica. Sin duda, no hay recuerdos más tristes en tu corta experiencia que el de todas aquellas personas que se han ido quedando a un lado del camino. Tú has tomado nota de todos ellos y guardas un recuerdo agridulce que no te impide que la pena y la congoja te dominen. Sin embargo sabes que todos ellos están guiando tu camino y lo están iluminando para evitar que un obstáculo te pueda hacer caer.
            Ahora, las manos se deslizan con gran rapidez sobre el teclado. Tu seguridad es absoluta, tu dominio del tema preciso. Ha sido necesario mucho esfuerzo, superar muchas inseguridades, luchar, a veces, a tumba abierta y sin paracaídas, pero lo has conseguido. Te has tenido que superar a ti misma muchas veces. Algunos no creyeron en ti, otros dudaron. Pero tú has demostrado una y mil veces que la única montaña que no se puede superar es aquella que no empiezas a escalar.
            Con un brusco final, acabas y te levantas. La canción te salió perfecta. Cualquiera diría que parecía fácil. Solo tú sabes las horas que le has dedicado. Una sonrisa ilumina tu rostro y diríase que una luz más potente ilumina la habitación. Tu madre y yo aplaudimos con emoción pues acabas de demostrar, como tantas otras veces, que has podido superar las dificultades. Te turbas y, aunque no lo digas, somos conscientes de que en tu fuero interno  has dedicado esta melodía a unas personas que tienes en el recuerdo y que, sin duda, te estaban escuchando con gran emoción y sentido orgullo.

sábado, 2 de abril de 2011

En la puerta de la cueva


            Abierto a un vasto espacio desde donde se divisa la era en primer lugar y, detrás de la misma, una dilatada vista de las Evangelistas que nos lleva hasta su parte más elevada, se halla el patio de la cueva.
            Observas una magnífica panorámica donde la vega rodea las laderas del barrio colmadas de blancas cuevas encastadas en una  tierra blanca fruto de su composición caliza. La mirada te permite recorrer, en pausada observación, un interesante paisaje que abarca desde la Morería hasta la Cruz  Misionera.
Esta magnífica vista se completa con el maravilloso espectáculo diario que consiste en la visión de espectaculares puestas de sol. Los elementos de la naturaleza organizan una colorista y grandiosa exhibición que parecen creadas especialmente para ti. Eres consciente del lujo que representa la observación de estos fenómenos. Esta sorprendente manifestación, aunque realizada de manera cotidiana, no deja de asombrar por la variedad de las tonalidades con que  viste la bóveda celeste.
En la mañana, mientras la sombra de la umbría cubre la placeta de la cueva, se percibe el olor a tierra mojada, después de que la iaia hubiera regado con el caldero el espacio que ocupa.
La tierra queda asentada dando una tregua momentánea a la continua lucha que mantienen el polvo y el terregal por mostrar su verdadero rostro en este árido suelo  intentando esquivar los intentos de dominio del hombre en el afán de conseguir un terreno más domesticado.
En la agradable temperatura de la mañana, Albert se dedica a realizar imaginativos juegos con los materiales de que dispone. Unos cubos, una cuerda y la inevitable tierra, presente de forma imperiosa, forman los elementos imprescindibles para poder desarrollar la creatividad en unos cauces marcados por las características del terreno.
Las puertas, de gruesas maderas, atacadas por la dureza del clima, emiten un quejumbroso chirrido ante algún elemento imprevisto que intenta hacer su aparición en semejante escenario. Un movimiento delator indica la presencia del intruso tras la cortina. La aparición de una pequeña mano que la retira da paso a María quien, gateando, decide participar en el juego que tiene lugar a la puerta de la cueva.
Sonrisas y gritos de satisfacción dan cuenta del ambiente que se respira en esta mañana de agosto. Los niños aprovechan el tiempo que les queda para jugar antes de que la temperatura suba y el sol reclame, con insistencia y sin contemplaciones, el dominio del territorio durante algunas horas.
Llega el tiempo de la calor, inflexible y duro. Aquel en el cual se hace inviable realizar el más mínimo paseo si no es protegido por una sombrilla. Los niños, conscientes del vuelco de la situación, deciden cambiar de escenario. El frescor de la cueva les atrae como un imán provocando la expectativa de nuevas aventuras y experiencias, más atractivas para ellos en esos momentos.