martes, 1 de noviembre de 2011

Desde el mirador


          Cierras la cancela con apresuradas maneras y enfilas el camino hacia las eras altas ignorando los ladridos del perro que, de forma inocente, va pregonando tu súbita marcha.
            Ignoras los susurros del suave viento que te envía continuos mensajes recordando su presencia. Piensas en ese momento que no llevas nada que proteja tus desnudos brazos pero sabes que será un estado pasajero pues, a pesar de presenciar una fresca mañana, el sol no tardará en lucir de manera esplendorosa esparciendo una agradable subida de la temperatura que relegará a un segundo término la necesidad de abrigo.
            Te paras junto al mirador de las eras altas y de repente, sin que medie señal aparente, tu vista se dirige hacia el horizonte captando en toda su intensidad todo el conjunto de estímulos que configuran un bello y esplendoroso panorama. Es tal la belleza del mismo que da más la impresión de observar una postal que ha sido trabajada y elaborada por un invisible artista admirador del paisaje.
            Como suaves pinceladas en tonalidades ocres parecen haber sido pintados los verdes árboles de la vega, dando a la imagen la sensación de una obra frágil e inacabada. Terrenos arbolados contrastan con otros secos, carentes de vegetación de manera que se amplía la paleta de colores que ha utilizado tan curioso artista.
            En otro plano se observan los cerros más próximos en cuyas laderas, como cromos de una colección imaginaria, se han ido pegando blancas cuevas,  generando un paisaje contrastado tanto en su colorido como en su aprovechamiento.
            Del terreno surgen alargadas y blancas chimeneas delatando, sin duda, la existencia de viviendas que han querido permanecer ocultas a la vista del viajero ocasional. La diversidad y forma de estas chimeneas denotan una gran variedad  en los gustos así como en la imaginación de los constructores, no tanto en la uniformidad de los materiales utilizados.     Curiosamente, la desorganización que parece hacerse evidente en la construcción de las viviendas choca con la impresión general de una forma de vivir previsible y estacionada en el tiempo.
            Montañas azules delimitan el paisaje poniendo coto al horizonte que se ve superado por un cielo azul de aspecto espectacular, manchado de blanquísimas nubes que, como copos de algodón, parecen manifestar su levedad con gráciles movimientos provocados por la ligera brisa.
            Retienes la espectacularidad de la imagen en tu retina y sabes que formará parte del archivo de lugares inolvidables que guardarás en la memoria, lugares a los que podrás volver con la mente en momentos de inseguridad o incerteza. Será en aquellos instantes cuando tu pensamiento viajará a través del tiempo para situarte ante esta estampa con la acogedora sensación de observar un cálido sitio donde las dudas se convierten en certezas y los miedos en seguridades pues aquello que observabas desde el mirador forma parte intrínseca de la memoria de tu ser. 


viernes, 22 de julio de 2011

Después de la riada


            Un silencio repentino se cierne sobre la extensa alameda. Los pájaros, insectos y otros seres vivos dejaron de manifestar su presencia en el entorno omitiendo sus, hasta ahora, continuos cantos.
            Otros ruidos de carácter diferente se van adueñando del lugar mientras que el azul del cielo que se ha mantenido dominante a lo largo del día, ha cedido paso al gris amenazante que poco a poco ha ido conquistando la parcela celeste.
            Negros nubarrones de carácter amenazador hacen acto de presencia. En un escaso lapso de tiempo comienzan a disparar gruesas gotas que barren de manera indiscriminada cualquier objeto que se halle bajo sus dominios.
            La tormenta muestra toda su furia con un gran repertorio de lluvia, granizo, rayos y truenos demostrando, con esta grandiosa exhibición, que nadie puede ser tan osado como para enfrentarse a ella.
            En el pueblo, los habitantes esperan agazapados en el interior de los hogares el fin de esta furia, que ellos saben pasajera, gracias al conocimiento que da el contacto continuo con la naturaleza.
            Un rugido enorme se deja oír en la oscurecida tarde. El río brama imponiéndose a cualquier obstáculo que se pudiera cruzar en su camino. El cauce se ve impotente para controlar esta energía desaforada de manera que los campos que lo bordean se ven sorprendidos ante un riego tan repentino e impetuoso.
            La vegetación que se encuentra en el lecho y en los bordes del cauce se convierte en improvisada broza que, despectivamente, va siendo arrojada por el tumultuoso caudal. Las alamedas vecinales reciben, junto con el agua, ramaje y otros objetos que quedan enredados en las bases de los álamos contribuyendo, sin ser llamado para ello, a una transformación del paisaje.
            Tras el espectáculo producido por las fuerzas de la naturaleza, la lluvia parece perder ímpetu y se convierte en una continua y temporal cortina, con un ritmo más pausado y ligero, que contribuye a cerrar el sorprendente acto.
            Un paseo por los alrededores del río al día siguiente, deja constancia del suceso ocurrido la tarde anterior. Esquivando grandes charcos a lo largo del camino observamos las alamedas anegadas, complementadas con objetos que arrastró el río mientras unos puntos de luz se dibujan en el agua, producido por el paso del sol entre las ramas. La naturaleza vuelve a mostrarnos la imagen de la belleza que solo ella sabe generar.

sábado, 9 de julio de 2011

Badlands

             
           Tras un largo pero ya habitual viaje a los paisajes del sur, culminando el viaje en la villa de Castilléjar, probablemente lo que más llama la atención es el paisaje que se nos muestra después de pasar por Huéscar.

Siguiendo la carretera arreglada y restaurada en fechas no muy lejanas, las máquinas al servicio de los hombres, como soldados inflexibles, abren brecha en la montaña para facilitar el paso de la vía.
Además del paso, inevitable al ser la causa de la obra, se nos presenta una vista impagable: Un conjunto de montañas y cerros pelados que nos saludan al paso. Un paisaje agreste que no tiene nada que ver con lo visto en nuestro recorrido anterior. Este contraste da al paso un sentido mágico y, sorprendidos, buscamos quien ente nosotros ha dicho las palabras mágicas ábrete sésamo para acceder a este mundo que tiene más pinta de imaginario que de real. Este panorama será el que nos acompañe a partir de ahora.
Cuando llegamos a Castilléjar observamos la línea de cerros y montañas que rodean el pueblo. Una tierra blanca, con una claridad que sorprende permanece como principal característica, un blanco que asociamos a algo pálido y débil pero aquí adquiere otro valor: el de la fortaleza pues es capaz de albergar en su interior cuevas cuya antigüedad da cuenta de su resistencia.
Estos parajes tan secos, donde solo crece el esparto, son conocidos como badlands, nombre propio de una canción de Bruce Springsteen. Malas tierras para el cultivo, malas tierras para vivir. Terrenos cuya productividad es nula a lo largo del año y de los años.
Sin embargo, observando el agreste paisaje que rodea el pueblo en el cual pasamos muchos veranos, nos damos cuenta de que todo este escenario responde al deseo de intimidar al curioso viajero para que desvíe el itinerario por otros lugares más acogedores.
Pero, a aquella persona que, constante y perseverante, se acerque a la villa obviando las señales hostiles que desplega el paisaje, se encontrará con una grata sorpresa: Un habitable y amigable pueblo rodeado de dos ríos con una gran y hermosa vega será el premio que encontrará tras las barreras iniciales. Alamedas alineadas, campos de maíz, dorados girasoles y otras tierras cultivadas rodean el río adquiriendo el paisaje unas tonalidades verdosas que contrastan con el ocre de las montañas.     
Las badlands son enormes y, si se va buscando entre ellas hallaremos paisajes similares a los anteriores que, como las ostras, muestran el premio al final del trabajo. Una alegría para el viajero que ve recompensado con pequeños tesoros el esfuerzo realizado.

lunes, 4 de julio de 2011

Quietud


            Un mundo se abre a la vista cuando desciendes la cuesta que lleva al río. Desde arriba se observan las alamedas adquiriendo unas tonalidades verdosas que provocan una pintoresca visión. Más allá de las alamedas se pueden observar terrenos llanos, algunos de ellos cultivados, otros un tanto abandonados. Para delimitar el espacio, al final observamos aquellas montañas tan características que rodean la vega del pueblo, unas montañas difíciles de encontrar fuera de una película de western americano, con sus laderas ausentes de vegetación a excepción de los típicos matojos de esparto.
            Como si todo ello no fuera suficiente, a nuestra derecha se observa un cerro recubierto de blancas paredes encaladas. Las cuevas no pueden por menos que manifestar su presencia para completar una imagen tan alejada de la normalidad urbanita que nos caracteriza a lo largo del resto del año.
            Kali es consciente de que ha de aprovechar el momento pues sabe que es la hora del paseo matinal y va estirando de la correa impaciente ante lo que le espera. Algún pequeño y tímido perro sale al paso ladrando, consciente de que su dueño está próximo y lo defenderá en caso de apuro. Ignorantes ante tamaña amenaza continuamos nuestro paseo descendiendo hasta el río donde la libertad es el premio que espera al doméstico can.
            Mientras el perro corretea alegremente por las alamedas, intentando captar todos los olores posibles, una maravillosa quietud me sorprende. La ausencia de otras personas y la práctica privación de los sonidos habituales entre los cuales vivimos produce una fantástica sensación. El rumor del agua del río, el sonido de algunos pájaros, el fruncir de las hojas en las ramas forman el repertorio auditivo al cual uno se acostumbra y agradece rápidamente.
            A lo largo del paseo, la vista se desliza por las alamedas fijándose en detalles que, en otras circunstancias, serian de difícil aprecio. Me llaman la atención aquellas arboledas que han sido regadas porque en ellas parece reflejarse un paisaje fantástico, sin comienzo y sin final. Los árboles no parecen tener fin. Dan la impresión de proyectarse bajo tierra en un mundo imaginario pero real. Por otra parte, las luces que logran traspasar el tupido entramado arbóreo producen juegos maravillosos en el agua. Todo esto unido a la quietud del paisaje, genera la impresión de haber traspasado un límite donde lo maravilloso se torna corriente y los parámetros difieren de la vulgar y rutinaria cotidianeidad.
            Al cabo de un rato, estando absorto en estas reflexiones, el perro se aproxima reclamando su presencia en el entorno. Hemos llegado al final del paseo y él es consciente de ello. Así que, vuelvo a ponerle la correa perdiendo su momentánea libertad, y encaminamos nuestros pasos hacia el pueblo que a esa hora reluce en todo su esplendor mostrando sus blancas casas y cuevas a los ojos de quien sepa apreciarlas.

domingo, 26 de junio de 2011

La balsa


            Como pequeñas mariposas de luz se observan en el agua una serie de reflejos solares que deja pasar la espesa vegetación que rodea la balsa. Los puntos iluminados van cambiando la ubicación alegremente provocando una sensación divertida y jubilosa hasta el momento en que una nube tapa el astro rey. Las hojas caídas pasean individualmente o en grupo siguiendo una casuística fruto de una ley física que determina que todos los cuerpos caen hacia abajo como consecuencia de la atracción de la tierra. Aquellas que cayeron en la balsa obtuvieron el premio de vagar de manera indiferente, sin obligaciones ni destinación conocida, dejándose llevar por el suave movimiento del agua.
            En un rincón de la balsa, dos pequeñas niñas susurran importantes secretos de difícil comprensión por alguien que no se halle en posesión de curiosas e importantes claves que solo ellas dominan.  Una pequeña piedra que arrojar a la alberca, una hoja que ha de ser estudiada en su itinerario, son algunas de las pruebas a las que se someten las observadoras. A una escasa distancia, un objetivo espectador apenas oiría un suave murmullo solo interrumpido por las continuas quejas de las ocas que pasean cerca del estanque.
            La observación de la escena deja elementos para la reflexión pues en la compenetración de las niñas se halla el equilibrio. No parece que ninguna de ellas quiera hacer de su teoría un dogma. La igualdad en las oportunidades  se manifiesta como un elemento necesario para obtener la armonía en la relación. Todo ello, es el mínimo imprescindible para mantener una ligazón de amistad. Tampoco parece muy importante el tema a debatir pues el compañerismo no se basa en la importancia de los sucesos que une los personajes. De hecho, la simpatía y el cariño que se produce en una relación viene precedida por la situación de aprecio y apego que manifiestan los amigos. A partir de aquí, las aventuras, los proyectos y las ilusiones son más si son compartidas.
            Como intentando probar mis reflexiones, una risa se deja oír. La risa alegre, desenfadada, desacomplejada  y estruendosa de la Xing Mei, seguida de otra,  divertida y alborozada de la Núria. Como formando parte de un escondido plan, las dos niñas se dan la mano y abandonan corriendo el entorno de la balsa. En el aire sigue resonando el eco de las risas.
            En la balsa se produce una sensación de abandono inesperado. Todo el entorno parece un poco más triste que hace unos segundos. Las hojas que navegan de forma indiferente por el agua parecen darse cuenta del valor de la amistad y buscan algún pequeño curso de agua que las pueda llevar a otra zona donde se hallan sus compañeras en reunión.
            La nube que tapaba el sol marcha en busca de otras corrientes y la balsa vuelve a estar iluminada por pequeños puntos de luz como alegres luciérnagas.

jueves, 23 de junio de 2011

La libertad del agua


        Como una lámpara iluminada se aprecia el fondo de la piscina ante el reflejo indiscriminado de los rayos solares del atardecer. La claridad es absoluta, el silencio impresionante. La facilidad con la que se desplaza Núria en el medio acuático es solo equiparable a la felicidad que denota cuando su cabeza emerge de esa húmeda dimensión.
            Su rostro supera la barrera que establece la separación con el medio aéreo y su mirada, oculta tras unas gafas submarinas, otea el horizonte en busca de un objetivo concreto. Una vez localizado el objeto de la pesquisa, una sonrisa se dibuja en su rostro. Acercándose a sus hermanos y su primo Albert, les arroja el pequeño soldadito que había rescatado del fondo del lago artificial mientras les lanza un reto:

-        -   ¡Ahora os toca a vosotros ir a buscarlo!

Con la determinación propia de la persona que sabe que está en posesión de la razón, arroja con fuerza el muñeco. Ahora serán sus compañeros de juegos quienes tendrán la misión de rescatar al improvisado naufrago.

Esta tarde de agosto está resultando un ejemplo de la cándida languidez con que se prestan a pasar las tardes de vacaciones sin objetivo más importante a la vista que disfrutar de manera sencilla y agradable dejando pasar el tiempo con una absoluta libertad. Las dichosas manecillas han dejado de ser dueñas de nuestros actos para pasar a un segundo término donde cumplen un papel complementario en la distribución de actividades.
Hoy hemos decidido venir al lago artificial de Castilléjar para contrarrestar, con un fresco baño, la temperatura infernal que se ha mantenido a lo largo del día. La sola visión del lago resulta tan apetecible y motivadora como sorprendente parece su ubicación. Un turista algo despistado creería haber encontrado un espejismo, pues da la impresión de ser un oasis en medio del desierto. No en vano, fuera del fresco y arbolado recinto, los secanos son el paisaje habitual, limitados en el espacio por unas montañas tan resecas y peladas que son conocidas como badlands, malas tierras, ya que en sus laderas solo se atreve a crecer el agreste esparto, capaz de criarse en la tierra más inhóspita.
Una explosión de alegría se desata en el lago. Albert ha encontrado el muñeco y es ahora quien amenaza con lanzarlo a lo lejos. Maria y Núria se lanzan tras él, mientras Lluís se refresca en la orilla salpicando a algún bañista despistado con los manotazos con los que ataca el agua. Algún niño mira con manifiesta curiosidad tan explosiva actuación.
Nosotros, desde el sombraje producido por los árboles que rodean el lago, observamos jugar los niños. La alegría desbordada que muestran te hacen ver que no es necesario realizar grandes proezas para obtener un merecido premio si se sabe disfrutar de manera sencilla de una calurosa tarde de verano. Habitualmente, las grandes alegrías las tenemos si sabemos disfrutar de las cosas más elementales. 

miércoles, 15 de junio de 2011

Alameda anegada


              La quietud era máxima en la reseca alameda. Los sonidos propios del entorno silvestre eran una muestra irrefutable de la vida que corría en el ecosistema. Poco a poco, lentamente, el agua recorría las acequias y se aproximaba para alimentar un terreno tan necesitado. La prueba de que el iaio había realizado de manera correcta el levantamiento de los tablones para dirigir una controlada riada era evidente. Pausadamente, sentados sobre sacos vacíos de abono, contemplábamos como la superficie quedaba bajo una capa líquida que superaba todos los obstáculos, sin prisa pero sin pausa. Pero…Solo era un sueño.
            Agrupábamos los troncos en el corral. Algunos los habíamos traído del parato, otros formaban ya parte del paisaje de la cueva debido al tiempo que hacía que estaban allí. Pudimos reponer algunos maderos que conformaban el tenao que protegía del inclemente sol. Una vez agrupadas las restantes, sobre un mocho gastado, me dedicaba a golpear con el hacha las secas ramas. Unas crujían con asombrosa facilidad partiéndose por aquel punto en que se manifestaba de manera más aguda su debilidad. Otras se resistían pues no querían quedar amputadas ante el intolerante verdugo. Todo el ejercicio tenía algo de necesario ritual de manera que, con una maquinada frecuencia, conseguíamos agrupar las seccionadas maderas en grupos más o menos homogéneos que guardábamos posteriormente en el pajar de la cuesta. Pero…Solo era un sueño.
            Los niños se agrupaban de manera espontánea en la desvencijada cocina de la cueva ante la figura de la iaia quien, con una satisfacción evidente iba cortando en tajos la sandía que acababa de comprar en el mercado mientras en el fuego se cocía, en pausado ritmo, unas verduras que formaban parte de la dieta veraniega. Los pequeños realizaban la demanda con insistente ansiedad pues unos querían que los cortes los realizara de la manera del padre Pedro, otros reclamaban un postre sin corteza. Lluís, ajeno a estas singularidades, intentaba atenazar en un descuido de los mayores algún trozo del apetitoso fruto. Pero…solo era un sueño.
            Caminaba por los laderos del pueblo en una tarde de verano mientras intentaba seguir tus pasos. Todos los rincones me traían recuerdos de comentarios que habías realizado rememorando tu infancia en una población desprovista de cualquier lujo. Las cuevas, refugio de tus momentos de soledad se manifestaban como invitado principal de la singular escena. Las eras de trillar se mostraban en su esplendor siendo utilizadas después de la cosecha. Los caminos, polvorientos, me evidenciaban un lugar agreste y primario donde los avances de la civilización eran todavía desconocidos. Quise entrar en tu fantasía para conocer tu mundo antes de haberte conocido. Pero, ¡Caramba!...Tan solo era un sueño.
            Los sueños se superponen en diferentes capas que forman toda una entidad variada donde todo tiene cabida y, como el agua que cubre la alameda, se esconden en ellos nuestras ilusiones, recuerdos y deseos. Momentos vividos, otros deseados se cruzan y forman un mundo nuevo donde podemos vivir otras vidas o recordar aquellos momentos en los que podemos pensar que mereció la pena vivir.

lunes, 6 de junio de 2011

Reflejos


            Suave llega la brisa marina hasta el pequeño parque que se halla frente a la Diputación de Tarragona en el passeig de Sant Antoni dulcificando con su ligereza el cálido sol del mediodía primaveral. La sombra de los árboles que se encuentran alrededor de la circular fuente resguardan de los despóticos rayos solares creando un entorno agradable y apacible.
            Observo el magnífico ámbito donde el mar pinta con tonalidades azuladas un paisaje que invita al reposo y a la contemplación. A pesar de la proximidad del bullicioso paseo, el pequeño lugar parece aislarse del medio urbano como un protegido santuario.
            Algunos niños realizan espontáneos juegos en los columpios habilitados a tal fin acompañados de pacientes progenitores que aprovechan el momento para establecer progresos de improvisada camaradería cumpliendo una agradable tarea de relación social
            Junto a la fuente, una madre acompaña a su hijo quien, como un consagrado artista, intenta pintar formas en el agua metiendo la mano y moviéndola dentro del líquido provocando una sucesión de ondas que se expanden a lo largo y ancho de su superficie. El movimiento del agua produce una dispersión y alteración de aquellos puntos luminosos que eran reflejados por los rayos solares.
            Inconscientemente, fijo la atención en aquellas luciérnagas en movimiento que, de forma instintiva, me lleva a recordar pasadas épocas en que el juego formaba la base de una dieta enriquecida con saltos, movimientos, carreras, creatividad y otros importantes acontecimientos. Momentos en que no existía el después ya que el instante era todo lo que teníamos. Sabíamos que teníamos que aprovecharlos ya que ignorábamos qué nos deparaba el mañana.
            Tardes de acampada en mitad de la terraza, batallas de piratas, luchas interminables de indios en que no había vencedor ni vencido ya que la victoria consistía en la prolongación del combate. Todo ello condimentado con partidos  de futbol donde las porterías consistían en dos latas de alguna bebida. En las noches de verano, los juegos adquirían un matiz más popular de manera que eran los vecinos quienes se incorporaban a los mismos. Recuerdo aquellas divertidas partidas al pilla-pilla, al escondite o cualquier otra afición que alguien manifestaba y que rápidamente era aceptada y llevada a la práctica. El deseo de experimentar era superior a la inquietud del éxito o el fracaso, turbaciones que llegarán con el desarrollo del tiempo cuando aumentan nuestras inseguridades.
            De forma repentina me doy cuenta de mi evasión en el tiempo y observo al niño que, feliz, sigue meciendo la mano en el agua de la fuente. Con un punto de nostalgia no puedo dejar de pensar que la grandeza de la infancia estriba en no temer el fracaso sino en el deleite de la experimentación.

sábado, 4 de junio de 2011

El murmullo del agua


        Solo queda el sordo rumor del agua que, a su paso, va invadiendo el terreno de las alamedas en una silenciosa y predecible batalla.
            Las incontroladas matas que han ido ocupando el terreno, ante la pasividad del labriego que ha entretenido el tiempo en otras labores de temporada más productivas, pugnan por asomar sus tallos más altos por encima del nivel marcado por el agua. Mientras tanto los caracoles, en una inusual carrera deciden escalar aquellas ramas que le puedan ofrecer seguridad ante la riada que se previene.
            Hojas caídas de los árboles son arrastradas y mecidas por el líquido elemento, mientras mantienen un profundo sueño, siendo obligadas a realizar un último viaje que las llevará a completar un paseo en el que no serán conscientes de la discreta levedad que ha configurado su mesurada existencia.
            El sombraje provocado por los álamos queda contrarrestado por una infinidad de brillantes puntos de luz que no son otra cosa que el reflejo del sol en el agua. En su generosidad, las copas de los árboles han abierto pequeños tragaluces para poder dejar paso un resplandor que necesita bien poco para crear un bonito espectáculo. Destellos y resplandores iluminan el agua formando una imagen un tanto irreal.
            El agua se convierte en un espejo donde, con un comportamiento absolutamente narcisista, los álamos se regocijan ante la visión de un paisaje esplendoroso que se proyecta  buscando una profundidad que solo existe en la percepción de quien observa. Este paisaje, reflejo del existente, se convierte en ideal y arquetipo de la alameda que buscará en su duplicidad el modelo de su existencia.
            Ante el aparente silencio de la arboleda, unos pequeños ruidos se perciben en la mañana. Los variados cantos de los insectos rivalizan en una singular tonada. Los pájaros cogen el testigo del concierto y se avienen a entonar una dulce melodía. El aire, que mece aquellos elevados chopos, unido al murmullo del agua, dan el contrapunto necesario para aportar consistencia a una sinfonía musical que, de otra manera, hubiera estado necesitada de una significativa armonización.
            De repente, como si de una revelación se tratara, todo aquel conglomerado  adquiere significación de manera que no se puede observar una fracción sin dejar de ver el conjunto. El sentido y belleza del panorama está coordinado de tal manera que todas las partes adquieren importancia cuando se trata de ver el paisaje. Posiblemente nada sea imprescindible pero todo es importante cuando lo que se trata es de observar esa gran obra de arte llamada Naturaleza.

martes, 31 de mayo de 2011

Sediento


       Con un cansancio similar al de los soldados andalusíes después de una dura batalla, completamos la visita de los palacios nazaríes de La Roja, más conocida como la Alhambra de Granada y que debe su nombre no a un grupo de deportistas que proyectan ilusiones tras un balón sino al color rojizo de los muros que la rodean.
            La visita tiene lugar por la tarde y el intenso calor que la acompaña produce el deseo de refrescarse en cada una de sus fuentes e innumerables surtidores. El agua, con un dulce murmullo, se deja sentir en todas las zonas visitadas. En ese momento, uno es consciente de la enorme inteligencia y capacidad demostrada por los constructores nazaríes. Cómo fueron capaces de realizar una acertada comunión entre el edificio y el entorno.
            Sin embargo, ello no es obstáculo para que un gran ejército de turistas campen a sus anchas por los territorios donde antaño dominaban otras huestes, probablemente más disciplinadas pero no más feroces. Los foráneos intentan captar con sus cámaras cualquier imagen que pudiera adquirir la categoría de trofeo para poder mostrarlo en lejanos lugares.
            Por lo que respecta a nuestro particular itinerario llegamos al patio de la Reja, después de ver las habitaciones que Carlos V se hizo construir anexas a los palacios. Evidentemente, la belleza del lugar seduce con facilidad y puede dejar cautivo hasta al más severo de los monarcas. La vista del Albaicín, desde el balcón es algo que solo unos privilegiados pueden gozar. Es fácil imaginar que su visión, acompañada del aroma del azahar, pudieran aprehender el corazón del gobernante dejándolo ante un panorama en el que la única salida consistiera en el deleite de tan bello espectáculo.
            A continuación, y como colofón a tan bella visita llegamos a los Jardines de Daraxa que ya habíamos podido observar desde las habitaciones del emperador. Sin embargo, agotados como estamos de la visita nos sentamos en los bancos observando el cúmulo de vegetación desde otra perspectiva. Los cipreses, las acacias y los naranjos rodean la gran fuente de mármol. El pequeño chorro de agua constante provoca la saturación de la bandeja, de manera que pequeñas hileras de gotas van cayendo, enfiladas, en una base más amplia. El sol, con los rayos tardíos, ilumina el líquido de manera que parecen perlas de las que se va desprendiendo, de forma generosa, la hermosa fuente.
            Un pequeño pájaro sediento, observando el inacabable transitar del fluido, se apoya en el borde de la misma. En ese momento, el tiempo parece detenerse pues el silencio se hace dueño del jardín y me parece estar viendo una pequeña y sorprendente postal salida de un olvidado libro de cuentos. La actividad parece quedar suspendida para no interrumpir tan espontánea y bella estampa.
            La Alhambra resulta en sí misma un lugar muy interesante pero siempre está abierta a nuevas y sorprendentes interpretaciones que dan otra perspectiva diferente a la del  imaginario turístico.

viernes, 27 de mayo de 2011

Remojando los pies


             Poco a poco, con extremada prudencia el pequeño tocó con su pie la helada corriente. Hizo un adusto gesto torciendo la boca de forma repentina pues fue consciente en ese momento de la gélida impresión dejada por el líquido elemento.
            Suavemente pero con decisión fue entrando en el agua. El sol que lucía a mediodía era un consuelo exiguo pues no conseguía calentar el agua del remanso. La moderación en la entrada era necesaria pues la orilla, enfangada,  ofrecía escasa seguridad para mantener una postura erecta. Había dejado las zapatillas en la orilla para evitar inestabilidades. Sin embargo, el lecho pedregoso del río no ayudaba a mantener el equilibrio.
            Una vez dentro del recodo, el niño iba buscando aquellos lugares donde el agua no fuera dueño absoluto del espacio intentando que la altura superada por el líquido fuera inferior a la extensión  ocupada por los pantalones. Pasado el primer momento de encogimiento producido por las bajas temperaturas del fluido, la impresión pasaba a dominar el organismo pues el frío penetraba a través de la piel conquistando todos sus poros y traspasando la sensación a la sangre, que la ampliaba a todo el cuerpo.
            Nosotros le observábamos con atención, vigilando que un inoportuno tropiezo diera con su cuerpo en el agua. Poco a poco fuimos entrando notando esa impresión que, popularmente, se suele resumir en la frase: “estar helado hasta los huesos”. Pasado el primer momento en que el frío característico del agua domina todas las sensaciones, pasamos a un estado en que apenas notábamos las piernas. Sin embargo, no dejaba de ser apetecible remojarse los pies en aquel remanso del río Castril un mediodía de agosto. El contraste entre el sol y el calor que comenzaba a dominar el espacio y el río  helado, debido a la proximidad con el nacimiento, producía una curiosa y agradable sensación.
            Los niños jugueteaban en el agua y, los más atrevidos, osaban remojar a los demás que, rápidamente, solicitábamos la más indulgente de las clemencias rindiéndonos ante la impulsividad propia de ciertas edades.
            Era un día de agosto y habíamos decidido realizar un paseo por la siempre agradable villa de Castril. Esta población, antiguo campamento romano, se había convertido en un agradable lugar turístico en el que raramente renunciábamos a pasar algún día de verano.
            Por la mañana habíamos decidido hacer el itinerario del río. Este tenía mucho encanto gracias a la pasarela habilitada por el ayuntamiento que pasaba por encima del torrente de agua. Al final de la misma llegábamos al remanso donde nos hallábamos para acabar pasando el puente colgante y el túnel bajo la montaña que completaba la excursión.
            Un paseo con encanto y adaptado a todas las edades pero, probablemente, lo más bello resultaba ver jugar a los críos mientras las risas llenaban el ambiente y una miríada de luces de colores  se reflejaban a partir del agua que volaba en graciosos arcos provocados por la energía inagotable de los niños.

domingo, 22 de mayo de 2011

El campanar


              Con una altura de 12 metros sobre una base de 119, impone su altura sobre el resto de edificios dando a la línea del horizonte de Reus una imagen característica. La torre hexagonal que configura el campanar de la capital presenta en las alturas unos grandes ventanales desde los cuales se puede observar una espectacular vista de la ciudad.
            Testigo mudo y privilegiado de seiscientos años de existencia de la población, permanece inalterable observando los diferentes estados de ánimo que han configurado el paisaje urbano.
            De talante pacífico, Reus ha sufrido diversas ocupaciones en las diferentes guerras, tanto en la de secesión como en la de sucesión, donde padeció ultraje por el mero hecho de ser una ciudad de estratégica situación.
            Actos heroicos, hechos cobardes, episodios vandálicos y otros ejemplares han sido observados por la torre que sabe registrar como en un diario todo tipo de acontecimientos. A pesar de mantener una ejemplar neutralidad se ha visto inmersa en acontecimientos que han perjudicado su propia integridad física.
            Con gran dolor recuerda la desaparición durante la guerra civil de cuatro de sus campanas. Cada uno de los repiques que no pudieron realizar permanece como una herida abierta en su entrañable corazón. No duda un momento en recordar sus nombres: Jesús, Sant Pere, Sant Pau y Sant Jaume. La desazón que siente se sabe disminuida cuando le fueron instaladas otras dos en los años cuarenta: la de Misericòrdia y la de Sant Pau.
            La torre adquiere un papel protagonista cuando va marcando la sucesión del día a través de las campanadas que, de forma sistemática y sincronizada orientan a los despistados ciudadanos sobre el paso del tiempo. Sin embargo, todo ello parece un método tranquilo pero imparable de autoafirmación.
            Consciente de que los grandes eventos violentos ya han pasado dedica su tiempo a la vigilancia impasible de otro tipo de actos más rutinarios o festivaleros que configuran la programación ciudadana. Su actitud es distante pero nada  desearía más que poder transformarse en un anónimo paseante y poder recorrer las calles de la población disfrutando de aquello que le está prohibido.
            Con una maldición semejante a la del rey Midas que podía ver los objetos pero no tocarlos, el campanar observa Reus siendo consciente de que forma parte de la historia viva de la ciudad pero muchas veces es invisible a sus habitantes. Los días de lluvia, el agua resbala por su tejado y,… diríase que está llorando.

sábado, 21 de mayo de 2011

Jugando con la tierra


           Mantenías la concentración en la actividad que realizabas. Nada de lo que acontecía en el entorno entorpecía el proceso rítmico con el que amontonabas la blanca tierra para desarrollar imaginativos juegos. Indiferente al paso del tiempo, las horas de calor extremo ya habían sucedido dejando paso a la templanza del largo atardecer.
            Tus brazos y rodillas adquirían un color grisáceo, fruto del continuo roce con el material que cubría el pavimento. A tu lado, unos bloques de material esperaban el momento en que podían ser utilizados en alguna obra de restauración.
            El sol de la tarde se observaba en la atacada y desgastada  puerta que tenías a tus espaldas y que daba paso al corral. Un lugar donde todavía se podían apreciar elementos cuya gran antigüedad era inversamente proporcional a su provecho. Los troncos se amontonaban en su interior pues la utilidad calorífica a que eran destinados había quedado relegada dado que nuestros viajes a Castilléjar se realizaban exclusivamente en verano. Un tenao producía un agradable sombraje en una buena parte del corral en el cual desembocaban algunas estancias como eran la marranera o la cuadra. Todo ello no dejaba de ser la manifestación de un mundo que había dejado de existir y que solo permanecía en el recuerdo de los mayores.
            Sin embargo, la suave cadencia con que destilaba el tiempo en el apacible pueblo se había apoderado de ti tanto  como nos había atrapado a nosotros. Los problemas, los trabajos y, sobre todo, las prisas, habían quedado relegadas a un segundo término y, solo un vago recuerdo, nos hacía ser conscientes de que todo ello llegaría con la misma inexorable certeza con la que habíamos emprendido el tiempo festivo.
            La amplitud de la cueva, con sus múltiples estancias no eran sino un magnífico escenario para desarrollar tu creatividad e imaginar maravillosas historias. De los espacios donde nosotros solo veíamos necesidades de restauración tú encontrabas una utilidad o un emplazamiento ideal para tus juegos.
            El desfile continuo de personas, que hacían parada en la placeta de la cueva y la ocupaban de forma pacífica, producía en ti una curiosidad digna de estudio. Absorbías los comentarios y las historias que se explicaban como si de unos maravillosos cuentos se tratara dejándolos registrados en los recovecos de la memoria, dispuestos a ser utilizados en posteriores ocasiones.
            Poco a poco, la tarde llegaba a su final dejando el sol encarrilado en un incesante e invisible viaje. Con su desaparición, el cielo se iba cubriendo de infinitas estrellas comandadas por una luna dominante. El día había pasado sin sobresaltos, sin noticias espectaculares y, prácticamente, sin querer. Y sin embargo, en esta tranquila languidez en que se había procesado el día radicaba el mayor éxito del mismo. 

domingo, 15 de mayo de 2011

Hablando al oído


           Un día soleado nos acompaña en la excursión que hemos realizado a las cuadras de caballos de Torredembarra. Una vez aparcamos el coche observamos el continuo movimiento en torno al principal elemento que configura el paisaje: el caballo, amo y señor de tan específico territorio.
            Lluís está contento pues ya sabe cuál es el objetivo de nuestro paseo. No es la primera vez que ha realizado alguna actividad de equinoterapia. La monitora lo acompaña, pues la primera misión consiste en coger aquellas cosas necesarias para poner a punto la montura.
            El animal, un hermoso caballo blanco, aguarda sereno bajo el sol de la tarde a que le acaben de ensillar. Su paciencia es ilimitada pues es consciente de que su trabajo no se ejercitará en la dificultad o destreza a que le someta un jinete experimentado. Serán el cariño y la ternura la base del ejercicio que se perseguirá en esta ocasión.
            Unas manos inocentes recorren su rostro, tapando sus ojos y rozando los ollares. El animal sabe que no puede realizar ningún brusco movimiento, pues esta es una primera exploración desde el más íntimo deseo de conocimiento, sin miedo y sin prejuicios que pudieran enturbiar el instante.
            El vapor de la respiración de équido traspasa el aura infantil. El niño sonríe pues ya se han conocido y están dispuestos a darse más tiempo para poder establecer una más segura conexión interior.
            Desde el lugar en que nos hallamos, tenemos la impresión de que Lluís está susurrando al caballo curiosas historias que este no puede dejar de oír dado el interés que parece despertar en el animal. En el mudo dialogo que mantienen, las palabras ya están dichas a pesar de que no han sido manifestadas, los sentimientos ya están inferidos y, sin embargo, no han sido expresados. Todo ello es indiferente pues, como decía el poeta: “lo esencial es invisible a los ojos”.  Probablemente, también lo es al resto de los sentidos de que presumimos la mayoría de los humanos.
            Una hermosa estampa, fruto de una mutua comprensión, se ofrece a nuestra vista. Lluís comienza a cepillar el caballo entre risas y este parece responderle con un suave pifiar que no hace otra cosa que manifestar el mutuo entendimiento que existe entre ellos.
            El sol desciende sobre el horizonte sin poder evitar enviar un guiño cómplice a los protagonistas de tan curiosa y compenetrada historia consciente de que hay situaciones que destilan una ternura y una magia tal que resultan maravillosas y adquieren el valor de una pequeña y florida planta en mitad de un gran erial.

sábado, 7 de mayo de 2011

La linterna


            La fresca mañana de verano nos hace olvidar por unos instantes las extremas temperaturas que padeceremos en apenas dos horas cuando el sol se vaya adueñando de forma absolutista del firmamento sin dar opción a que otros fenómenos atmosféricos puedan arrebatarle su disputada corona.
            Hemos bajado a las tierras del río Galera. El iaio ha querido estudiar sobre el terreno las posibilidades de que el parato pueda recibir el riego que le corresponde. Los álamos están pidiendo a gritos un inapelable riego de manera urgente. Observamos las hojas de los árboles y, en su color, podemos apreciar esta apremiante necesidad.
            Un improvisado encuentro con el vecino de parcela da lugar a una tranquila conversación donde las ideas sobre el cuidado de los álamos se mezclan con otras sobre el esmero en la salud personal. De los aspectos técnicos de los abonos modernos y la proliferación de plagas que se producen se pasa a otro tema de conversación más prosaico y personal donde las visitas a los respectivos médicos se complementan con opiniones sobre cualidades y beneficios de determinados medicamentos.
            Ajena a la conversación que tiene lugar, Núria corretea por el camino que bordea los terrenos. Una  linterna se convierte en sugestivo objeto de estudio y diversión. La coge con las dos manos como si fuera una apreciada herramienta, consciente de que cualquier ayuda sería poca para la faena que íbamos a desarrollar.
            En el momento en que supo que bajaríamos al río Galera y vio que los adultos preparábamos herramientas básicas para desbrozar un poco el terreno, ella entró corriendo a la cueva para rebuscar entre los objetos alguno que fuera interesante y necesario para colaborar en la ardua actividad que nos disponíamos a desarrollar. La ayuda desinteresada es una característica de almas generosas y es desde  ese carácter altruista que cabe interpretar su relación con el mundo.
            Núria enciende la linterna e ilumina la alameda aportando luz al sombraje que la caracteriza a esta hora tempranera. La suave brisa que corre genera una sensación de bienestar que es de agradecer. Con pasos tímidos se adentra entre los árboles vigilando de no caer pues la vegetación que cubre el suelo forma una amalgama con las raíces de los árboles de difícil transición para una criatura cuyo bipedismo ha sido desarrollado recientemente.
            Como si estuviera viviendo una película de aventuras en que ella es la protagonista dirige la luz a la corteza de los árboles asombrándose de las formas y dibujos que se adivinan. Su pequeñez contrasta con la enorme altura de los álamos dando sentido a la historia que suponemos está imaginando.
            Mientras Núria vive historias que para los demás solo existen en la imaginación, los adultos no podemos hacer otra cosa que maravillarnos de la capacidad inventiva de la niña, llegando a plantearnos si no seremos nosotros quienes estemos equivocados viviendo en un mundo que  no sea otra cosa que un universo soñado por alguien ajeno mientras la vida real permanece en otro lugar. Como tantas otras cosas, la pregunta queda flotando en el aire.

jueves, 5 de mayo de 2011

el iaio Antonio


           Observo el cuadro realizado y recuerdo las risas que resonaban en la calurosa tarde de verano. Los niños correteaban contentos por la terraza repleta de macetas que exponían, generosas, su colorido y alegre contenido. A pesar de la seriedad que desprendía su aspecto, el iaio Antonio no podía ocultar su felicidad. Sus grandes manos acogían y protegían a su nieta, que manifestaba una amplia satisfacción ante el trato recibido.
            El placer del iaio no es fingido pues puedo dar fe de lo que le gustaba disfrutar de la compañía de niños. Nuestra casa siempre ha estado invadida por esos pequeños seres dando la impresión de ser un territorio de ocupación donde cualquier idea era rápidamente apropiada por el grupo y aprovechada para ejercer hasta el más disparatado juego. Tiendas de campaña en el patio, territorios de indios y pistoleros, emocionantes partidos de futbol en el piso, contrastaban con tardes de siesta en verano, juegos de mesa en vacaciones o realización de un gran pesebre en Navidad. El escenario era el mismo pero las variaciones derivadas de una enorme creatividad colectiva eran múltiples.
En todo ello, momentos de  comprensión y otros de regañinas. Pero, a pesar de todo, sabías que había una justicia ecuánime. Eras consciente de que su mayor preocupación consistía en luchar por sus hijos. Cada meta que conseguías representaba un caudal de mayúsculo regocijo para él. En cada paso del camino sabías que siempre estaba a tu lado.
            Resulta difícil valorar lo que un padre llega a hacer por sus hijos. Posiblemente ahora, con la perspectiva del tiempo recorrido es cuando te das cuenta de que, realmente, la función más importante de un padre consiste en estar ahí. Hay edades difíciles en las que resulta complicado saber en qué has de gastar la energía que te consume, en las que ves que la noche es más oscura o que, sencillamente, el camino que quieres seguir se ve envuelto en una extraña niebla que dificulta el viaje. Es entonces cuando te giras y te das cuenta que él está ahí, que siempre ha estado y que, indefectiblemente, estará mientras tenga fuerza.
            En esos momentos, como si hubiéramos vuelto a cargar la batería, vuelve la fuerza que se estaba agotando, con un ímpetu y brío renovados iluminando el camino y facilitando los obstáculos que se interponían en el mismo.
            Posiblemente no haya forma más coherente y significativa de realizar el inexcusable viaje final  que nos tiene deparado el destino que la que él tuvo. Sus últimos actos fueron coger un ramo de flores para su hija y caer, en el último momento, en brazos de la mujer que lo había acompañado a lo largo de toda una vida: mi madre.
            Hoy en día  me queda el recuerdo de un hombre cuyo gran mérito fue el de luchar por sus hijos pero, sobre todo, de una persona que tuvo la gran virtud de permanecer a nuestro lado y acompañarnos para intentar quitar las espinas que acechaban a lo largo del camino.
            Observo a mis hijos, han crecido. A menudo manifiestan una independencia insultante donde me veo en la dificultad de poder ayudarlos en alguna situación concreta y, sin embargo, sé que he de estar ahí para poder acompañarlos. A pesar de mi aparente seguridad, me veo lleno de incertidumbres. Entonces me viene a la mente su recuerdo y percibo que, de alguna manera, él  todavía permanece.

domingo, 1 de mayo de 2011

En la barca

            Ante la tormenta, calma.
            Ante la inseguridad, decisión.
            Ante el miedo, valor.
            Ante la oscuridad, luz.
            Ante la envidia, indiferencia.
            Ante la amistad, fidelidad.
            Ante el cariño, amor.
            Ante el amor, más amor.

            Permaneces en cubierta mientras el mar mece suavemente la barca. El reflejo del sol en la suave tarde, ilumina tu rostro. Tu larga cabellera  cae sobre la espalda en una oscura cascada. Tu mirada, relajada, observa las luces del puerto que comienzan a iluminar el atardecer.
            Un manto  de color índigo cubre el líquido elemento fruto de la iluminación que comienza a dominar el ambiente. El aturquesado puerto recibe con sosegada calma la llegada del ocaso.
            Te observo mientras permaneces sentada sobre las sogas del barco pesquero al que te has subido y no puedo evitar pensar en el tiempo que ha pasado desde que dejaste de realizar un viaje en solitario para escribir una biografía común: viajes, estudios, trabajos y, sobre todo, emociones y sentimientos conforman un camino arduo y laborioso.
            Una senda donde, a menudo, lo más fácil no es lo mejor y, en la dificultad, se halla la complicidad necesaria para multiplicar esfuerzos. Un itinerario plagado de pruebas, algunas muy duras, pero ello no ha hecho otra cosa que facilitar la comprensión de que otro mundo es posible.
            Tu calma, tu valentía y, sobre todo tu luz ha iluminado el recorrido dando a menudo pasos en un terreno que muchos no habrían osado hollar y facilitando un camino tan difícil como necesario.
            Como todo ser de luz, eres ajena a las envidias, celos u otros sentimientos que atacas con la más sutil indiferencia. Sin embargo, eres capaz de hallar el afecto y el cariño en corazones donde otros solo vieron terrenos yermos y baldíos. Esta luz te acompaña pero también llena de gozo y alegría a aquellos que tienen la suerte de acompañarte en tu viaje.
            Una casualidad fue el origen de nuestro encuentro y, ahora que te miro, pienso que la casualidad no existe, que el viaje estaba escrito en un maravilloso libro del que todavía quedan unos interesantes capítulos. El mejor placer que puede haber consiste en disfrutar del camino juntos sin prisas por llegar a saber qué nos deparará el destino dejándonos llevar como una hoja que arrastra el viento deleitándonos con el improvisado itinerario o como una barca que se deja llevar por la suave marea añil.

sábado, 30 de abril de 2011

El tío Antonio


           Camina el tío Antonio por la cuesta que le llevará al Arique a realizar la rutina habitual que consiste, como él solía decir: “A dar de comer a unos animalillos”. El sudor baja por sus pálidas mejillas. Descolorido de piel, oculta el rostro bajo un sombrero encajado hasta las cejas para protegerse del riguroso sol. Su aspecto, desaliñado y sin afeitar deja entrever un cierto abandono de su imagen.
            Alto como un pino; tieso como una vela aunque encorvado por el peso de los años; delgado como un fideo, resultado de una, a todas luces, insuficiente alimentación fruto de una dieta personal que consiste en comer, bàsicamente, lo que le apetece y ligero como una pluma. Sus piernas semejan dos cañas escuálidas cubiertas por unos gastados pantalones debido al uso continuo. Su cuerpo permanece resguardado por una camisa blanca y arrugada, fiel en el trabajo y compañera de tantos días de riegos y siembras. Finalmente, unas sencillas alpargatas protegen sus cansados pies.
            Sin embargo, resulta inflexible en la rutina, unas rutinas innecesarias pero que él las torna en obligaciones con el objetivo de pasar horas  junto a la vieja cueva del Arique, lugar donde nació, raíz de la saga de los catorce, hoy en día desperdigados por la geografía nacional.
            Pocas personas habrán tan curiosas e interesantes como el tío Antonio, indiferentes a cualquier crítica externa de la imagen que da. Aún recuerdo el día que, volviendo de Huéscar, nos cruzamos con él. Pasado el mediodía, caminaba junto a su mujer, llevando una gastada y anticuada bicicleta, camino del Arique. Para protegerse del inclemente calor llevaba una gorra verde con orejeras y unas gafas de sol a las que le faltaba un cristal. La imagen la completaba la tía Antonia que, como protección, llevaba una sombrilla que contrastaba con su vestido floreado. Sin embargo, aquella escena pintoresca chocaba con la seriedad con la que acometían el trabajo que iban a realizar lo cual dotaba a la escena de una solvente dignidad.
            Si una cosa puede decirse del tío Antonio es que era enemigo del silencio. Resultaba difícil verlo callado y disfrutaba cuando explicaba historias que le habían acontecido. Convertía las mismas en graciosos cuentos que entusiasmaban a los chicos. Éstos, después de una visita suya, construían y reconstruían la narración explicada de manera que ya resultaba difícil discernir cual era la versión original, ya que la crónica acababa transformándose en leyenda.
-      “Y dice que está gorda. Leche! Si no comiera se le juntaría el pecho y la espalda” – repetían las niñas las palabras del tío Antonio entre risas.
  Luego, pasaban a recordar las historias de la mili en Mataró donde cuidaba el caballo del capitán o las múltiples anécdotas de sus mil y una visitas al hospital que acababan convirtiéndose en sucesos cómicos para ser contados en tertulias familiares al atardecer.
Hace tiempo que el tío Antonio no está. Ya no va a dar de comer a los animalillos. Sin embargo, sus historias han permanecido y una agradable y triste sensación a la vez nos viene a la mente cuando evocamos su recuerdo. Cada vez que paso por la curva del Arique, de forma involuntaria, giro la vista esperando ver al tío Antonio subiendo la cuesta que lleva a la cueva.